Aktua Liderazgo | La comunicación del entrenador de fútbol en equipos profesionales y de alto rendimiento.
Somos seres auto-eco-organizados. Condicionamos nuestro entorno y a la vez nos vemos condicionados por el mismo. Si aceptamos esa premisa como cierta, no podemos evitar pensar que nosotros, entrenadores, somos apenas una parte del ecosistema-equipo. Y somos parte de ese ecosistema con nuestras ideas, nuestra cultura, nuestra subjetividad y nuestros conocimientos.
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¿Qué sabes hacer con lo que sabes?

Escrito por Camilo Speranza
Conte

¿Qué sabes hacer con lo que sabes?

 

Desde hace cuatro meses estoy viviendo en Rio de Janeiro. En los últimos tiempos he tenido ocasión de viajar por trabajo a lugares tan dispares y lejanos como Estados Unidos, Australia o Japón. Antes de eso, tuve la suerte de vivir doce años en Barcelona, y también antes en Uruguay y México. Estar inmerso en una cultura diferente supone siempre un aprendizaje.
Hay quien dice que “se juega como se vive”. A mí siempre me pareció un poco excesiva aquella afirmación. El fútbol es un juego, y la vida va mucho más allá de eso. Aunque claro, puede ser que cuando jugamos exhibimos algunas características de nuestra personalidad.

Volviendo a lo que comentaba al principio: aprender es sin duda una de las cosas que más satisfacción me provoca, así que, a poco de llegar a Brasil, entré a una librería con la intención de comprar algún libro en portugués que me permitiese ampliar mi vocabulario.
Acabé con libro de Edgar Morin llamado “A cabeça bem-feita” (“La cabeza bien puesta”, en castellano) entre mis manos.

Edgar Morin es un sociólogo y filósofo francés, que ha realizado innumerables estudios y publicaciones en el campo de lo que podríamos denominar “pensamiento complejo”. Estoy seguro de que casi todos estaríamos de acuerdo en que el desarrollo que este pensamiento complejo ha tenido desde los años 50 y 60 del siglo pasado en adelante ha generado un gran impacto en nuestra forma de ver el mundo y, por consiguiente, en nuestra forma de entender el juego del fútbol y su entrenamiento.
En esta obra, publicada por primera vez en 1999, Morin nos explica cuáles son a su criterio los desafíos a los que se enfrenta la educación en la época actual y aboga por una reforma del pensamiento, que a su vez desemboque en una reforma en la enseñanza. Desde su punto de vista, a día de hoy “hay una falta de adecuación cada vez más amplia, profunda y grave entre los saberes separados, fragmentados, compartimentados entre disciplinas y, por otro lado, realidad o problemas cada vez más pluridisciplinares, transversales, transnacionales, globales, planetarios”.
Se trata, según este autor, de distinguir entre lo que supone adquirir una gran cantidad de información (lo que Montaigne denomina “una cabeza bien llena”), en la que el saber está acumulado, apilado, y no dispone de un principio de selección y organización que le dé sentido, y ser capaz de relacionar los conocimientos con la finalidad de comprender las características multidimensionales y complejas de las realidades humanas.
Más aún, Morin propone por una enseñanza que permita al alumno ser protagonista de su propio aprendizaje. Proyecta también por un modelo de sociedad en el cual el saber esté al alcance de todos, y no sólo en manos de unos pocos, los cuales toman decisiones que afectan las vidas de la mayoría. Para ello, es necesario educar de manera tal que surjan individuos con una subjetividad propia y un marcado espíritu crítico, “capaces de reconocer y tratar realidades que son concomitantemente solidarias y conflictivas (como la propia democracia, sistema que se alimenta de antagonismos y al mismo tiempo los regula)”.

¿Soy el único que observa un paralelismo entre esta postura de Morin y nuestra labor como entrenadores? En un texto anterior comentaba que, desde mi punto de vista, los entrenadores somos algo así como “orientadores de intenciones” y relacionaba esta idea con el concepto de la autogestión. ¿No os parece que, en ocasiones, los entrenadores nos volvemos una especie de insaciables máquinas verbalizadoras de información? Al menos, es la sensación que me queda a mí a veces después de un entrenamiento. Hablamos. Hablamos mucho. ¡Pero no sólo hablamos en el campo! Hablamos también delante de una pizarra, haciendo dibujitos, creyendo que nuestros jugadores están obligados a hacer el esfuerzo de interpretar lo que tenemos en la cabeza y que además deben entendernos. No sólo deben entendernos, sino que además serán perfectos intérpretes de nuestras ideas en el campo.
Y me pregunto, ¿acaso no debemos intentar que nuestros jugadores adquieran conocimientos siendo protagonistas de su propio aprendizaje, pero, sobre todo, que sean capaces de relacionar estos conocimientos entre sí y con su contexto a fin de que emerja una respuesta motriz adecuada, en un lugar y momento específicos? ¿De qué nos sirve que nuestros jugadores sean capaces de articular verbalmente las respuestas a las preguntas que el juego les plantea, si luego no son capaces de actuar de forma óptima, cuando el juego lo demande?

Los seres vivos, y por consiguiente los seres humanos, somos seres auto-eco-organizados. Condicionamos nuestro entorno y a la vez nos vemos condicionados por el mismo.
Si aceptamos esa premisa como cierta, no podemos evitar pensar que nosotros, entrenadores, somos apenas una parte del ecosistema-equipo. Y somos parte de ese ecosistema con nuestras ideas, nuestra cultura, nuestra subjetividad y nuestros conocimientos. Ahora bien, de todo el caudal de conocimiento que hemos ido “apilando” en nuestra cabeza, ¿cuál es el más importante? ¿Basta con haber leído muchos libros? ¿Esos libros tienen que ser necesariamente de fútbol? ¿Es necesario haber tenido experiencia como jugador? ¿Hay que ser un crack en inteligencia emocional y gestión del entorno?
¿En qué condiciones deben interactuar todas las variables posibles para que emerja un “buen entrenador”?
Yo, francamente, lo desconozco.

Friedrich von Hayek decía que “nadie puede ser un gran economista si sólo es economista”.

De lo que sí estoy seguro, es de que estoy de acuerdo con von Hayek. Y también con Morin.

 

 

 

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